Violencia …

14/02/2017 | Opinión |

Vemos cotidianamente en los medios que uno de los temas que tienen mayor protagonismo es el de la violencia de todo tipo, desde accidentes de tránsito, robos, secuestros, y por supuesto, la violencia de género. Todos los días leemos noticias sobre nuevos casos de víctimas de lo que no es otra cosa que el resultado de la forma en que nos relacionamos los integrantes de una determinada sociedad. O sea que esto está directamente relacionado con los pactos o acuerdos establecidos formal o informalmente en una determinada sociedad, son las reglas que la sociedad entiende como válidas para relacionarse. Y atiéndase a que digo “validas” y no “licitas”, porque de hecho las normas jurídicas no siempre gozan de legitimación social. No todas las sociedades tienen una misma realidad, por ejemplo los países nórdicos tienen el problema de la despoblación de las cárceles por falta de delitos. Por otro lado, otros países o culturas no dan abasto con la cantidad de personas destinadas a los centros de reclusión, como el nuestro. Esto es un indicio de que no es algo mágico o inherente al hombre, sino producto de la forma de organización social. Digamos que es posible un esquema de relación social con menor grado de fricción o traumatismo dependiendo de cómo esta sociedad se compromete en elaborar la forma en que se relaciona.

Sin duda que esta es una cuestión compleja que excede en mucho este análisis y obedece a varios aspectos que influyen en el resultado, pero como una cuestión ordenatoria creo que es conveniente no meter todo en una bolsa. Por un lado tenemos un status quo producto de la historia que nos precede, y frente a este estado de cosas, como un primer approach hay que distinguir la coyuntura del largo aliento. La coyuntura está embretada por un conjunto de situaciones urgentes que demandan respuesta y herramientas limitadas con las que se cuenta para enfrentarlo. Una actitud responsable aconsejaría acciones enérgicas pero que no pueden prescindir del mencionado estado de cosas. Digamos por ejemplo, el sistema legal, acciones preventivas, organizaciones intermedias, etc.

Pero por otro lado tenemos el largo aliento, el análisis distante de lo cotidiano, que tiende a bucear en las causas profundas que desembocaron en el estado actual de cosas, para entenderlas y ver hacia a dónde vamos. En este sentido, habría que preguntarse qué rol ha tenido en nuestra forma de vida eurocentrista que desemboco en este esquema de sociedades violentas con alto grado de autoagresión. Sin duda que subyace un estado de mucha insatisfacción que genera este tipo de presiones. La visión clásica del hombre como jefe de la familia “normalmente” constituida de acuerdo a un mandato ideológico ordenatorio, núcleo de la sociedad, con roles preestablecidos pudo haber sido una de las causas de este “estado de cosas” caracterizado por un malestar en la cultura que genera situaciones de violencia. El esquema que si bien en algún momento puede haber servido para ordenar la sociedad saliente de la edad media que enfrentaba el urbanismo, la aparición de los “ciudadanos”, hoy ya no da respuestas constructivas sino todo lo contrario. La insatisfacción generalizada por distintas aristas evidencian esta realidad. No solo los roles impuestos por la moral victoriana a la mujer, a los niños, a los sectores más vulnerables son rechazados por la generalidad de las sociedades, sino las identidades sexuales, religiosas, modos de vida, demandan urgentes cambios y libertades que la visión “normal” del hombre imponían.

Entonces sin que se niegue la importancia de mejorar la justicia, de mejorar los esquemas de asistencia que deben ser atendidos, debemos también entender que la violencia no es algo que apareció por generación espontánea sino que es producto de los valores y esquemas que hemos venido sosteniendo. Las presiones que han sido socialmente por ejemplo respecto de las mujeres divorciadas, de las madres solteras, incluso de las casadas en un esquema económico que reconoce al hombre como proveedor, y ni que hablar de la estigmatización de otros sectores sociales como los homosexuales, trans-género, etc., han tenido una participación determinante en esto, han impuesto formas de convivencia que generaron maneras de relacionarse violentamente. Es tarea del estado establecer políticas públicas, que tiendan a superar estas limitaciones, que aseguren el derecho de todos, sin calificativos, de vivir de la forma que se quiera siempre que se respete el derecho de los demás. Por ello, es necesario trabajar también en la educación. Algunas concepciones entienden que educar en valores es riesgoso y esto debe ser objeto de análisis. Educar en valores con carga ideológica, manipula y dirige nuevamente la sociedad a una visión determinada. Educar en valores instrumentales, con respeto del derecho a la elección de la forma de vida, a la libertad de culto, a la igualdad de los ciudadanos y fundamentalmente al respeto al otro sea posiblemente un rumbo que genere una sociedad más inclusiva, con mejor calidad de vida y sin duda menos violenta.

Mariano Sebastian Moro

Director grupo ambientalista UNA TIERRA.

 

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